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9 + 12: radiografía de un embarazo y unos cuantos días mas.

December 6, 2016

Tenemos conceptualizados que el embarazo es uno de los “ciclos” más sublimes que las mujeres pueden experimentar… pero de glorioso y fastuoso tiene muy poco.

 

Es cómodo con esta digitalización descubrir y tropezar con múltiples páginas que discutan sobre los cambios físicos, hormonales, sentimentales por los cuales la mujer pasa durante esas largas 40 semanas de embarazo. Es fácil en este tiempo saber cómo es el crecimiento del bebe y que con tan solo 8 semanas de gestación ya hay un corazón palpitando. Es factible creer que todo será color de rosa y que el después hace parte del fantástico cuento de hadas que nos inventamos.

 

Sin embargo, ni siquiera nos insinúan que la “dulce espera” en ocasiones no es tan dulce como soñamos en la niñez. Es acoplarse a un nuevo cuerpo conforme este va creciendo dentro de ti; es verse al espejo y distinguir una nueva persona cada amanecer. Es entender que el estilismo y la vestimenta son cambiantes conforme pasan las hojas en el calendario y ya no se trata de lucir glamurosa, pues la comodidad pasa al primer escalafón de prioridades. De hecho, se trata más de lucir una “barriga” que un cuerpo estéticamente impactante. Ya no eres tú, es el nuevo ser.  

 

Una vez das a luz la situación no descansa. El cuerpo “desajustado” sigue ahí. Toda tu indumentaria, esa que amabas, esa que despertaba diferentes impresiones en ti, esa que traía placenteras memorias a tu mente, insiste en permanecer al fondo del closet sin que vislumbres una oportunidad cercana de volverla a ceñir a tu piel.

 

Tu interior también se ajusta a velocidad para volver a hacer la misma de antes… pero nadie nos expresa que hemos cambiado en todas nuestras dimensiones, nadie nos advierte que tu alma ya no es igual, nadie nos dice que ese cambio será para siempre.

Escasamente dialogamos acerca de los desacoples que sufrirá nuestro diario vivir, nuestras metas personales y profesionales. Del sacrificio, de la renuncia, del donarse y entregarse enteramente. Acomodarse a velocidad a una nueva persona es uno de los desafíos que lleva implícito el ser madre. Entender su llanto, su risa, su enojo, en medio de noches enteras sin dormir, es algo que requiere de profunda entereza y amor.

 

Sí,  hablamos poco de lo que puede llegar a ser un embarazo difícil, con miedo, con horas de incertidumbre, pero que el reto de ser mamá es tan fuerte que la fé, las ganas, el amor por ese nuevo ser, rompe todo los esquemas y otorga las fuerzas necesarias para seguir y luchar.

Si, nadie te habla del pos parto, pos operatorio… te entregan a tu hijo y te vas a lo mucho, dos días después a tu casa con un nuevo bebé, sin instrucciones “debajo del brazo” como comentamos jocosamente como si se tratase de un rumor de pasillo. No importa si eres primeriza o si ya has sido mamá. Cada criatura es un nuevo ser humano que tiene su personalidad y que te tomará tiempo entenderlo. Pero aun así, a pesar de todo contratiempo y de lo espinoso que puede llegar a ser, lo atesoras con todas las fibras de tu existencia.

 

Concebir un ser vivo que no has visto nunca, hace que la existencia y el horizonte tenga un sentido diferente. Hace que la experiencia de amar no tenga límites ni comparación con ningún otro amor. Es un amor intrínseco a tu alma, que brota desde tus raíces sin que puedas controlarlo o detenerlo.

 

¡Si! Es una etapa sublime, un período que no pasa, que se queda. Un ciclo que jamás se cierra una vez lo abres. Para mí, ciertamente ha sido sublime y fastuoso, con un tinte de sacrificio e incluso dolor. Pero el amor es dolor, es cesión, es ofrenda, es donación.

Un amor como me ha ocurrido a mí, que es un verdadero milagro. Ella, mi hijita, se llama Avril y es un “Milagro de Avril” en noviembre.

 

* Fotos vía pinterest y archivo personal.  

 

 

 

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